DEL SERVICIO JESUITA A MIGRANTES

Hito de cierre del Programa Migración y Escuela 2017

  • A través de un mural participativo junto al reconocido artista Mico, los participantes plasmaron parte de los contenidos del programa que congregó durante todo el año a la comunidad de la escuela San Alberto de Estación Central en torno a temas de diversidad cultural.

 

SERVICIO JESUITA A MIGRANTES.-

Estudiantes, profesores y familias de la escuela San Alberto de Estación Central realizaron un mural participativo con el reconocido muralista Mico. Dicha actividad se desarrolló como hito de cierre del programa de Migración y Escuela del SJM y tenía como objetivo fomentar un espacio de encuentro en el establecimiento.

La temática del mural aborda temas de diversidad cultural tanto en la escuela como en la comunidad de Los Nogales, apostando los ejes que fueron ejecutados por el programa durante todo el año 2017, haciendo énfasis en la interculturalidad y los derechos humanos dentro del contexto migratorio.

Los asistentes a la actividad pudieron disfrutar de una variedad musical y también de números artísticos de los propios estudiantes de la escuela.


La riqueza de la interculturalidad

  • El desafío es cómo generamos procesos de migración y acogida que aseguren a las personas que migran sus derechos y de esta manera la oportunidad de desplegar todas sus capacidades

 

 

Por Pablo Valenzuela, Director Nacional Servicio Jesuita a Migrantes

 

La tasa de personas que solicitan visas para residir en Chile se duplicó entre 2011 y 2015. En los próximos años todo indica que el crecimiento será igual o mayor.  ¿Estas son buenas o malas noticias para Chile?

Cuando pensamos en el fenómeno de la migración, solemos poner nuestra atención en la persona que migra. Algunos, no pocos, basados en mitos o deliberadamente con mala intención, los relacionan con delincuencia, problemas de empleo y/o un costo para el Estado. Otros, entre los que queremos estar, nos preocupamos de que reciban un trato como lo que es: una persona que tiene y se le deben los mismos derechos humanos que a todos nosotros.

Sin embargo, pocas veces nos damos tiempo para ver la “foto grande” y tratar de comprender qué sucede en la comunidad de acogida, cuando estos movimientos migratorios suceden y aparece el desafío de la interculturalidad.

La interculturalidad sucede cuando personas que tienen orígenes, culturas y cosmovisiones distintas, se reconocen como iguales y dan la misma importancia a los valores, formas de vida y visiones de unos y de otros. Un proceso social desafiante como conmovedor.

¿Tiene algún valor la interculturalidad? Quienes creemos en los derechos humanos, responderemos inmediatamente que sí. Es la forma adecuada de tratar a personas iguales en dignidad y en derechos.  Es por ello, que es imperativo darles el mismo trato, y cumplir ello tiene un valor intrínseco.

Pero también, la interculturalidad ha demostrado generar riqueza, oportunidades y valor que van más allá de lo ético y jurídico.

Un reciente estudio en Australia, demostró que miembros de un equipo culturalmente diverso por presencia de personas migrantes, logra generar flujos colaborativos de conocimientos y culturas entre ellos.

Otra investigación esta vez en Canadá, ha demostrado y cuantificado como las personas migrantes ayudan a aumentar el valor de las exportaciones, el número de patentes y la inversión extranjera directa. Ello principalmente porque un espacio multicultural de trabajo, hace florecer la innovación. Cuestión que parece de toda lógica al sumar miradas y saberes distintos a los desafíos de las organizaciones y sus colaboradores.

Por lo tanto, podemos afirmar que la interculturalidad es valiosa intrínsecamente, es decir porque es hacer lo correcto y también extrínsecamente, o sea que trae resultados virtuosos que no solo benefician al migrante, sino que también a la comunidad que los recibe.

El desafío queda entonces en cómo generamos procesos de migración y acogida que aseguren a las personas que migran sus derechos y de esta manera la oportunidad de desplegar todas sus capacidades.

Tres cambios son fundamentales en ese sentido: primero, que nuestra legislación sobre migración deje de ver a los migrantes como un peligro a la seguridad interior del Estado, facilite su integración y asegure que no exista discriminación. Segundo, que el sector privado revise si sus políticas son abiertas a las personas migrantes, tanto en acceso, como acogida y desarrollo profesional. Tercero, que la sociedad deje de ver la migración desde los miedos y comience a mirarla desde la empatía.

El desafío es gigante, pero compartido. Pongamos manos a la obra para disfrutar toda la riqueza de un país intercultural.