EJERCICIOS ESPIRITUALES

EN LA VIDA COTIDIANA

Cuando la vida comienza a tener un nuevo sentido

Esta modalidad de ejercicios (EVC) se viven en el día a día de las personas y se orientan a facilitar la experiencia de Dios en la vida común y corriente

A quienes comienzan a conocer la espiritualidad ignaciana, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio le pueden resultar un poco lejanos, incluso su nombre puede sonar particular. Sencillamente podemos definirlos como retiros espirituales de distinta duración (2, 3, 4, 8 ó 30 días en retiro, o en la vida cotidiana) en los que, a partir de un método creado por san Ignacio de Loyola, cada persona vive una experiencia particular de Dios.

Se puede decir que los “Ejercicios Espirituales son: todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mentalmente … disponer el alma para quitar así todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas buscar y hallar la voluntad de Dios”.

Desde su origen el Centro de Espiritualidad Ignaciana-CEI ha tenido por objetivo acompañar los Ejercicios Espirituales, darlos a conocer y preparar a personas para que los den (Acompañantes de Ejercicios).

De todas las modalidades ofrecidas, se distinguen los Ejercicios en la Vida Cotidiana (EVC) que como bien indican su nombre se viven en la cotidianeidad de las personas, en su día a día, facilitando la experiencia de Dios en la vida común y corriente.

Durante el año los EVC se realizan en dos etapas, en sesiones semanales; en la primera de doce sesiones, se vive lo que se denomina “Principio y Fundamento, y Primera Semana”. La segunda etapa se realiza en dieciséis sesiones, donde los participantes viven la “Segunda, Tercera, Cuarta semana y Contemplación para alcanzar amor”.

Por más de 10 años, esta modalidad el CEI la ha ofrecido en distintos lugares de Santiago como Pudahuel, Providencia, Las Condes, en la Zona Sur, Santiago Centro; siempre disponiendo otros lugares para ampliar el radio de acción.

UNA TRANSFORMACIÓN DESDE LO PERSONAL

Si bien los EVC se realizan en un modo personal e implican oración diaria, semanalmente requieren un compartir comunitario, una reunión grupal. Experiencia guiada por dos acompañantes de Ejercicios Espirituales (acreditados por el CEI) que semana a semana se trasladan a los distintos lugares donde se practican, facilitando la experiencia de los participantes (ejercitantes).

En cada reunión grupal cada participante comparte su vivencia particular de oración diaria y los acompañantes recogen lo vivido en las oraciones personales, así como motivan la semana siguiente.

La experiencia es sorprendente, “es verdaderamente conmovedor poder ser testigo de esta experiencia, que no es una terapia de grupo, no son pautas de comportamiento, no es un taller donde ir a aprender un conocimiento, sino un encuentro real y profundo con nuestro Padre”, cuenta Cecilia Araya, coordinadora de los EVC en el CEI.

Es claro, que si bien la experiencia no cambia las condiciones de la persona donde se desarrolla su vida familiar, laboral, etc., sí “cambia la mirada, cambia como el ejercitante se para frente a los acontecimientos de la vida. Sus vidas empiezan a tener un nuevo sentido”, explica.

Para Cecilia Araya es claro, quienes viven los EVC “cambian la mirada hacia su familia, en su trabajo, en la manera de relacionarse con los otros, sienten que ya hay algo distinto en su vida, algo ha sucedido en su corazón, que no le permite seguir pasando sobre la vida sin tocarla, sin penetrar profundamente en ella”. Tal como lo hacen los Ejercicios en cualquier otra modalidad, estos Ejercicios evidencian inmediatamente los efectos de Dios en la cotidianeidad de cada persona, en el vivir día a día.

Sobre el perfil de quienes llegan a vivirlos, esta modalidad acoge a personas con un recorrido espiritual muy variado, desde el más básico al nivel más experto. Cecilia destaca que “a veces existen muchas resistencias a entrar en lo más profundo de su interioridad, resistencia a abrir las puertas de su corazón para dejar entrar al Señor, pero Él siempre sorprende, y con su delicadeza, su sutileza, va venciendo barreras, y va instalándose en el corazón de cada uno, respetando la libertad que Él mismo nos ha regalado”.

Cabe destacar que el CEI cuenta con más de 30 acompañantes de ejercicios disponibles, comprometidos y con una profunda formación para abordar la misión de acompañar los Ejercicios en la Vida Cotidiana (EVC), “es gracias a la disponibilidad y gratuidad de ellos que podemos acompañar a los diversos grupos en los distintos lugares de la ciudad, a alrededor de 100 personas cada año”.


“Hallándome así confuso…”

Una duda nos puede permitir buscar soluciones mejores, purificar las intenciones, hacer posible una acción más llena de amor, de lucidez y de responsabilidad.

 

Por Juan Díaz M SJ, director del Centro de Espiritualidad Ignaciana

 

¿Quién puede decir que alguna vez no ha tenido dudas? Todos las experimentamos y las sufrimos. Las hay pequeñas y grandes. A las pequeñas uno corrientemente se las salta. En cambio, las grandes pueden llegar a atenazarnos y paralizarnos. Hemos conocido personas que abandonaron proyectos, que en un momento les parecieron tan hermosos, porque permitieron que se les instalara la duda, luego la alimentaron y al fin se dejaron conducir por ella oscureciendo todo lo demás. Pareciera que en esos casos la duda fue algo parecido a dormir con el enemigo.

San Ignacio también tuvo dudas. Algunos ejemplos: ¿Seguiré a la mujer de mis sueños o me decidiré a imitar la vida de los santos? (Aut. 6-7) ¿Mataré o no al moro? (Aut. 15-16) ¿Me embarcaré a Jerusalén con algún dinero en el bolsillo para proveerme en mis necesidades o viajaré a la buena de Dios? (Aut. 36) ¿Estudiaré con seriedad las materias como me había propuesto, durmiendo lo suficiente, o me dejaré llevar por los arrebatos espirituales que en esos ratos experimentaba? (Aut. 26.55) ¿Le hablaré al capitán, que me había tomado preso, en forma reverente o, por el contrario, de manera más espontánea aún a riesgo de sufrir torturas o de ser considerado un pobre loco? (Aut. 52) ¿Concretaremos o no las expectativas apostólicas que tenía yo y mis compañeros al llegar a Roma? (Aut. 97) ¿Aceptaremos o no las rentas que se nos ofrecían para la Iglesia de Nuestra Señora del Camino a costa de rebajar el ideal de pobreza?

A partir de su experiencia, ¿qué aconsejaría Ignacio para resolver dudas?

La duda que se puede apoderar de nuestro corazón y que entrampa es aquella que persiste, que no activa la vida, que la paraliza, que no moviliza el entendimiento, que no permite buscar la claridad, sino que se queda enquistada en los propios afectos y pasiones.

Para que eso no ocurra me imagino a Ignacio diciendo que una duda pasajera no hay razón para considerarla un impedimento porque puede ayudar a sospechar de una solución que hubiese aparecido muy tempranamente. Una duda nos puede permitir buscar soluciones mejores, purificar las intenciones, hacer posible una acción más llena de amor, de lucidez y de responsabilidad. De modo similar a lo que ocurre con los escrúpulos cuando decía que éstos “por algún espacio de tiempo no poco aprovecha al ánima que se da a espirituales ejercicios; antes en gran manera purga y alimpia a la tal ánima”.

Pero a una duda no puede permitírsele estar indefinidamente chupando las energías del alma o dejando que los conflictos se vayan resolviendo al modo de la mula. Como a la desolación la duda debe ser enfrentada. Hay que “mudarse” contra la confusión y agitación que provoca. Para ello Ignacio nos aconsejaría estar atento al proceso de los pensamientos para notar dónde estuvo la distracción que en algún punto nos desorientó y así cuidarnos de las asiduas falacias y razones aparentes. Nos animaría a conversar con alguien de confianza acerca de la situación que nos aqueja para que la duda no quede escondida en la clandestinidad.

Además, creo que Ignacio nos diría que las dudas se resuelven andando, poniéndose en marcha. Se captan las dimensiones de los problemas metiéndose de lleno en ellos. El camino se perfila tomando iniciativas, notando los posibles extremos a que nos pueden llevar las diferentes opciones, buscando un justo medio, para luego apuntar a la solución. En algunos casos nos serviría su consejo de hacer lo opuesto a aquello a lo que nos inclinamos espontáneamente (EE 325). Nos recordaría también que para resolver nuestra duda debiéramos tener en cuenta nuestro proyecto vital elaborado en tiempos de tranquilidad y siempre considerando las necesidades de los demás.

Por último, y lo más importante, nos exhortaría a ponernos en las manos de Dios, que es quien ofrece a la larga la certeza absoluta. En las dudas siempre quedamos en las manos de Dios.